Mi primer contacto con la Selva
En la universidad, tuve el privilegio de conocer a un compañero muy especial originario de la selva. Sus relatos sobre su infancia en San Martín me cautivaban profundamente; recordaba cómo solía aventurarse por el río usando cámaras de llantas de tractores abandonados como balsas improvisadas. Para él, deslizarse cuesta abajo por el río era la diversión emblemática del pueblo. Creciendo en uno de los distritos más peligrosos de Lima, encontraba sus historias tan fascinantes como las aventuras de Tarzán en la selva. Aunque admiraba profundamente sus relatos, me entristecía pensar que ahora vivía en San Martín de Porres, un distrito con escasos árboles y aún menos ríos.
Durante mucho tiempo, soñé con las maravillas de la Amazonia, hasta que surgió un proyecto de tesis que me llevó a considerar el desarrollo de estructuras en madera laminada para conectar caminos y senderos peatonales, respetando los entornos naturales.
Después de dedicar un gran esfuerzo, finalmente vi la luz con mi proyecto: una biblioteca pública diseñada como un puente conector entre dos áreas de la ciudad que estaban virtualmente desconectadas. Al explorar Tarapoto, noté que las actividades se centraban mayormente en edificaciones, con una notable ausencia de actividades culturales y artísticas en las alamedas y calles. Después de conversar con el presidente de Bellas Artes, surgió la idea de establecer un centro cultural en una ciudad que carecía de uno.
Mi primera experiencia laboral en una consultora de ingeniería, mientras aún estudiaba arquitectura, me sorprendió gratamente cuando nos preguntaron si estábamos dispuestos a viajar de inmediato, a lo cual respondí con un entusiasta "¡por supuesto!". Así comenzó mi aventura: el primer destino fue Tarma, pero encontré un tour a La Merced, en la ceja de selva, y decidí unirme a un día completo de exploración. Durante el trayecto, sentí como si estuviera adentrándome en un sueño: los sonidos, la atmósfera, todo parecía sacado de un libro de cuentos. Me maravillaron las cataratas cristalinas, los árboles que enmarcaban los senderos y los verdes cerros donde a veces creía distinguir movimientos en la vegetación. Fueron solo diez horas, pero significaron mucho para mí; sentí un cambio interior, una voz que me susurraba: "Este es nuestro lugar". Al regresar en el auto, una parte de mí quedó atrapada en esa montaña. Por eso, muchos años después, la vida me trajo de vuelta para recuperar el pedazo de corazón que dejé allí.
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